destacado, sensaciones en vivo — 15 noviembre, 2016 at 2:36

Fauna Primavera 2016: Dimensiones paralelas

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Foto © Carlos Lértora

Fauna Primavera 2016 – Día @ Espacio Centenario, Vitacura, Santiago
Sábado 12 de noviembre de 2016

La edición 2016 de Fauna Primavera estrenó nueva locación para encuentros masivos, buscando estar lejos del centro y promover alianzas con sistemas de transporte privado, marcas exclusivas, mercado gourmet y todo lo referente al público objetivo que los estrategas escogen para sostener el negocio asociado al espectáculo. Pese a ello y al agreste escenario, escaso de pasto y sombras para capear el potente sol de noviembre, el festival mantuvo un estándar profesional: puntualidad y presentaciones de alta calidad establecieron la tónica de este año.

Juvenil y refrescante fue el show de La Femme, agrupación francesa con un afianzado sello movedizo e hipnótico a base de tres sintetizadores, guitarra y batería, sumado al intercambio de las voces sugerentes de Sacha Got y Clémence Quélennec. Las melodías elegantes y agraciadas invitaban a un público que, a su llegada al lugar, empezaba a prender en una temprana y efervescente conexión. Sonidos psicodélicos “punkeados” por lo artificial quedaron plasmados en una presentación precisa que reunió lo mejor de “Psycho Tropical Berlin” (Barclay, 2013), hits incluidos, y del reciente “Mystère” (Barclay, 2016).

Pese al temprano horario, los amenos músicos dejaron la invitación abierta a una prometedora jornada. La Femme merecía mostrar su vigente repertorio frente a una mayor audiencia, antecediendo los platos principales de este bufet melódico; no relegada a la dura tarea de encender motores cuando todo recién comenzaba. Sin embargo, demostró los pergaminos que la sitúan como puntal de los nuevos sonidos del Viejo Continente, especialmente de aquellos bien logrados y bailables a la vez.

Tras un paradójico paseo por los stands más chic y refinados que un festival de música pudiese tener, venía el turno de ver un artista honesto y carente de ornamentos. Con una sólida presentación, Kurt Vile mostró un trabajo que rememoraba el espíritu noventero (sin caer en añejos revival) conectado con lo esencial del sonido; a ratos, recordando a agrupaciones como Meat Puppets, pero con autoría propia que encanta por eso que Kim Gordon, amiga del compositor, describe como su “voz de alma”.

Vile y compañía desplegaron canciones caracterizadas por una reminiscencia desprotegida de aparataje tecnológico; un lo-fi rockero, sin poses ni falsas actitudes. Temas simples y a la fibra, tanto de quienes asistieron al festival a escucharlos como de quienes se encontraron con la potente sorpresa de un artista sincero, prueba de que el género puede seguir descubriendo variantes y nuevos brotes que recojan el sentido por el que fue creado: un canal genuino de expresión emotiva y vital. Ante esto, y con seis discos a cuestas, el músico demostró que lo primordial está en lograr la alquimia adecuada conjugando guitarras eléctricas, bajo, batería y teclado. El resto es accesorio.

Foto © Carlos Lértora

Prosiguiendo el tránsito por el empedrado terreno, bien venía un refrigerio para continuar con las degustaciones musicales. Las opciones: echarse en una silla de playa (dispuesta para otorgar un descanso en la explanada) o en la pequeña loma situada frente al Heineken Stage, cubierta de una gran malla que posibilitaba sentarse en tribuna para disfrutar los shows. Desde esta panorámica se podía presenciar a Courtney Barnett, una artista con tremenda actitud, cargada de rock energético.

Tocando la guitarra con intensidad, la australiana ganó la atención de un público que a esa hora también era seducido por un escenario electrónico cuyo sonido, a ratos, cruzaba los acordes crudos y medulares de Barnett: una invitación a revitalizar el cuerpo, sacarlo de la holgada silla de playa e ir a sacudirlo junto a la entusiasta audiencia presente. Un acierto de media tarde.

La curiosidad que provoca el inacabable mundo electrónico y la posibilidad de estar bajo sombra en las carpas diseñadas quienes se encontraban en plena actividad bailable eran buenas excusas para presenciar la propuesta de Com Truise, DJ estadounidense que transita por tintes trance en sus creaciones, buscando experimentar con los beats e ir más allá de la mera agitación de masas. Un fino ejercicio, que tuvo una gran afluencia de público, distinto e ideal para tomar un respiro antes de los números de fondo del festival.

Foto © Carlos Lértora

El carreteado Anton Newcombe –con categoría de leyenda ambulante– subió al escenario para dar cuenta de años de trayectoria, manías, excesos y tránsitos narcóticos, en un esperado debut en vivo en nuestras tierras. Con marcado estilo de rockeros experimentados, The Brian Jonestown Massacre desarrolló un sonido que fue de menos a más, con fallas de ejecución (evidenciadas cuando, iniciando una canción, el frontman le pidió al grupo partir de nuevo), descargos contra la amplificación y puteadas dirigidas a la carpa electrónica.

Pese a ello, la música del ensamble avanzó a través de lánguidos paisajes sonoros, intercalados con cortes  de carácter lisérgido. Su entrega se afianzó, y al final ya había probado y reafirmado la reputación del grupo: aquella gracias a la que es considerado como uno de los promotores de la nueva psicodelia de estos tiempos.

Foto © Carlos Lértora

Con un atardecer anaranjado de fondo, y una audiencia progresivamente entusiasmada, apareció Primal Scream. Gillespie y compañía abrieron los fuegos con la artillería precisa para considerarlos como un punto alto del festival. Si bien la banda ha perdido frescura tras sus más recientes trabajos (y la partida de algunos integrantes clave), en vivo mantiene esa magia que conquista escenarios y críticos, con un sujeto lleno de actitud al frente de un conjunto que sabe lo que hace, guiando a un público cautivo y efervescente que va apreciando canciones para, de repente, ser asaltado y activado con entregas que conectan con lo sustancial y esencial de la música.

La experiencia y el carisma confluyeron, alimentándose de un público fascinado que quedó impávido cuando Kurt Vile subió al escenario para acompañar una pausada ‘Damaged’. Con ‘Swastika Eyes’ como invitación a acelerarse, el set sumó hits que rememoraron sonidos “rollingas”, electrónicos y alteradores de conciencia, alternándolos de forma elegante, violenta y provocativa a la vez, como sólo Primal Scream logra hacer. Un suceso.

Foto © Carlos Lértora

El cierre estaba diseñado para la introspección y la conexión interestelar. Envolventes sonidos al oído medio invitaron a sumergirse en el estado de Air, agrupación que consideró cada detalle dentro de una presentación cuidada y sincronizada, manejando magníficamente los tiempos a partir de sintetizadores, antiguos aparatos modulares y múltiples efectos especiales. Todo aquello, conjugado con guitarras, batería y juegos de voces, explicaba por qué Jean-Benoît Dunckel y Nicolas Godin son catalogados como precursores de la electrónica, con la que vienen experimentando desde hace más de quince años.

Con una presentación contundente, los franceses mostraron un juego en escena que se articulaba con proyecciones visuales que depuraban los aspectos pulcros de su propuesta y tornaban hipnótico el espectáculo. Era posible sentirse perdido en la inmensidad del cielo nocturno escuchando ‘Don’t Be Light’, para luego volver al escenario y presenciar a los músicos que, remozando, daban curso a versiones extendidas de las canciones con nuevas variantes psicodélicas y energéticas que conjugaban con momentos de calma y aterrizaje.

Así, Air cerró un festival de alta categoría que mantiene una organización de primer nivel, con un sonido generalmente bueno y profesional. Aún cabe mejorar la sintonía con los line-ups, elegir con consideración el lugar y restarle valor al enfoque elitista que tiene con el público objetivo que, en número no menor, andaba más preocupado de mostrar poses taquillas y bailar con cualquiera que se pusiera sobre el escenario que de apreciar lo que realmente importa, lo que tantos músicos nos entregaron en esta versión de Fauna Primavera.

 

Reseña por Daniel Autómata.

Fotos © Carlos Lértora.

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